Yurek Vazquez Brito

La vida no puede ser mejor de como uno mismo le aprecia.

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Amanecer en South Beach

Posted by Yurek Vazquez Brito on July 1, 2008 at 3:54 PM

He amanecido hoy, como siempre, con la virtud del rebelde a cuesta, enalteciendo la individualidad, sentado en un balcón desde el piso doce de un edificio que no viene al tema, permitiéndome hacer un recorrido por todas las ilusiones que dibujan mi ahora.

         

La ciudad es Miami Beach y South Beach es la zona en que me encuentro. Un lugar encantador visitado por muchos y en el que no se necesita de gran tiempo ni alto presupuesto para conocerle a fondo; un punto del cual te puedes enamorar a primera vista con vivencias ambiciosas de sueños, fracasos y triunfos. La ciudad data del año 1870, cuando los hermanos Henry y Charles Lummus adquirieron 163 acres para la agricultura de coco. Fueron estos dos visionarios quienes, en 1886, construyeron la primera casa sobre la playa.

En 1894 las tierras pasan a mano de John Collins, después que son abandonadas por los hermanos Lummus; quien luego de descubrir agua dulce en su propiedad, decide expandir los límites de la misma desde la calle catorce -donde estaba originalmente- hasta la calle sesenta y siete.

 

No fue hasta 1914 que los hermanos Lummus deciden regresar y comprar 400 acres de las tierras de Collins, con el fin de construir en ellas una ciudad costera de residencias familiares.

En 1913 Collins comienza la construcción de un puente que conectaría la ciudad de Miami con la de Miami Beach, lo cual se detuvo por la escasez de dinero de Collins -quién diría en aquel entonces, que el sueño de un hombre, sin dinero para desarrollar su visión, resultaría en lo que es hoy la cuidad pintoresca que alberga el balcón con vista al mar de donde escribo-. Ciudad de singular ambiente, cómplice del crespúsculo que me calienta, que me hace tomar vida propia mientras descubro por medio de esta que un nuevo día ha comenzado.

Esta metrópoli goza de gran encanto. Dicen que aquel que atraviesa el puente que la divide de Miami jamás se regresa; tal cómo me sucedió: después recorrer sus calles, pasar por sus más de ciento cincuenta clubes, discotecas, bares, innumerables restaurantes, sitios de arte, cafés, sinagogas, centros de yoga; cruzarme con sus gays, judíos ortodoxos, cristianos, budistas, Lamas; hembras y barones elegantes, mendigos ambulantes, y una que otra flaca sensual revelando a gritos un cuerpo en busca de una portada que la lleve a la fama, no quise tener otra opción que aferrarme a su código postal. Aquí se despliega un raudal de emociones con (o sin) fines de lucro..

         

Aún no son las nueve de la mañana y ya me sumerjo entre la humedad y el calor. Con la briza del piso doce en mi rostro, el sol calentándo mi frente, la gota de sudor en mi mejilla y el deseo de lanzarme a ese mar que veo desde acá y me empuja a desafiar mis obligaciones del día, no me queda otra opción que reflexionar en lo complicado que se hace a veces vivir en una urbe de turistas; me recuerda lo que verdaderamente soy, no obstante, me rehúso a dejar pasar por alto la sensación y decido redescubrirme en ella.

Doy un vistazo al viejo que trota sobre el corredor de madera, a la trigueña que practica el yoga a la orilla del mar sentada en postura de loto, al joven que prepara las sillas y sombrillas en la arena; y me pierdo en los ruidosos golpes de un edificio en construcción, en el avión que sobrevuela la zona, en el recuerdo de aquel país que alguna vez visité y al cual no he regresado por falta de tiempo o valor a echarlo todo a un lado; y veo la pareja que desayuna en el balcón de enfrente, noto la piscina convertida en estudio fotográfico, la modelo que retratan; y miro al cielo lleno de dudas sobre las verdaderas coordenadas del paraíso.

         

Aquí, donde no siento ser de Martes ni las mujeres son de Venus, soy de South Beach. Al cruzar el puente dejé a tras las cargas, me cambié el vestuario, encarné el entretenimiento, procuré el contacto; me dejé inducir, seducir, calentar, mojar, sentir, encontrar, en fin, me recargué o desprendí de todo lo que me ha sobrado. Y es que en South Beach puedo afirmar que todos los días traen su encanto y la gente va a comprenderlo. Hasta el cielo es cómplice de los turistas y nosotros nos beneficiamos de ello.

 

Cuando en Miami -o cualquier otra zona- llueve, la gente se recoge y solo anda en sus autos. En cambio, aquí, en Miami Beach, no se le huye al clima. No menospreciamos la lluvia, ni abandonamos lo saludable de las caminatas por las calles; nos quitamos las chancletas y atravesamos los charcos de agua caminando; jugamos voleibol de playa con cualquier grupo, sin necesidad de conocerles antes; y cualquier momento es bueno para una bebida refrescante, una comida exótica o un buen tema musical, sin tener que esperar al fin de semana para hacerlo. Aunque truene o relampaguee enaltecemos nuestra naturaleza; compartimos el mar sin que nos importe de dónde vinimos ?o de qué color somos?, porque no se nos hace necesario conocernos desde antes para entender que vibramos en la misma frecuencia, aunque tengamos ciertos instintos diferentes; después de todo, el día tiene tanto sentido para nosotros que no nos queda tiempo para jusgar a los demás.

         

Amanecer en South Beach es ser parte de una gran civilización. Aquí las miamenses y las europeas muestran sus nalgas y senos civilizadamente. No hay hombres pretenciosos que las acosan ?aunque no creo que sea por la civiliación, sino por las leyes de acoso sexual?; y ellas, que no les gusta atraer la atención de los hombres, se exponen tranquilamente porque saben que éstos ?civilizados? no las miran. Además, entendemos que mostrarse en público no debe ser mal visto, y que la morbosidad solo está en la mente. El cuerpo no debe ser visto como un objeto de estimulo sexual sino de reproducción ?yo todavía estoy trabajando en eso, pero la gente sigue teniendo sexo con extraños o sin querer tener hijos y me confunden?.

Lo cierto es que no me importa, en mi mundo cada cosa hace sentido; después de todo, ¿quién que haya amanecido y se sienta iluminado puede deternce en esas cosas?

Me libero, me encuentro, mi alma se ilumina y me despoja de prejuicios, me pongo la bermuda de playa, me quito la camisa, corro, atravieso la arena, me lanzo al agua, me zambullo, me refresco, me relajo, dejo que la ola rompa en mi cara, que la corriente me arrastre un poco, que la vida juegue conmigo a su manera mientras yo crea tener el control, recuerdo que existe la esperanza de que la próxima aventura sea mejor que la última, y me permito amanecer en South Beach.

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1 Comment

Reply yuly
11:27 PM on October 15, 2008 
me alegra mucho que te sientas tan feliz, tienes una manera muy peculiar de proyectar tus sentimientos y emociones te admira y demas yuly